Pocas cosas más gratificantes pueden extraerse de una profesión creativa que la posibilidad de experimentar, tomar riesgos creativos y jugar con diferentes tonos, registros, formatos y narrativas. Una opción que, también en el caso de los cineastas, potencia la versatilidad y abre la puerta a pequeñas —o grandes— sorpresas que jamás se hubiesen llegado siquiera a concebir en caso de jugar sobre seguro.

Un breve repaso a la filmografía como realizadora de Mar Targarona —dejaremos a un lado su prolífica trayectoria como productora— deja entrever que la catalana no se ajusta en absoluto al término “encasillamiento”. En el último lustro, la cineasta ha pasado por el thriller más puro de ‘Secuestro’ y se ha sumergido en los horrores de la II Guerra Mundial con la fantástica ‘El fotógrafo de Mauthausen’ —que nos dio el primer GRAN papel de Mario Casas— antes de dar el inesperado volantazo que nos ocupa.

Con ‘Dos’, Targarona huye de encorsetamientos y terrenos allanados previamente para brindar un breve, pero sobradamente intenso relato que coquetea con el suspense, el terror y alguna que otra pincelada de body horror. Una experiencia minimalista en concepto y humilde en términos de producción, pero que aguanta el tipo gracias, en parte, a un potente high concept del que se extrae hasta la última gota de jugo.

Pegados a la pantalla

Un hombre y una mujer, aproximadamente en la mitad de la treintena, se despiertan desnudos, pegados por el abdomen, en una habitación desconocida. Ninguno de los dos recuerda cómo han llegado hasta allí, ni quién está detrás de la macabra cirugía. A partir de esta premisa, condensada en un primer acto que transcurre a toda velocidad para entrar en materia, ‘Dos’ alcanza uno de los mayores logros a los que puede aspirar todo largometraje: no dejar escapar la atención del espectador ni un sólo segundo.

Si bien la sencilla historia del filme y el modo en que los protagonistas buscan resolver un conflicto externo claro y contundente, recabando pistas e intentando desentrañar los secretos de la estancia para poder escapar, son claves a la hora de mantener en vilo al patio de butacas, la película triunfa en su cometido gracias a su encomiable precisión y economía narrativa.

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Abrazando lo directamente experimental en algunos pasajes, la directora encuentra en el montador José Luis Romeu su mayor aliado. Tras pasar por el filtro de Romeu, la cuidada realización de Targarona, mucho más sutil y elegante de lo que cabría esperar de una propuesta como esta —aunque con algún que otro detalle que hará rechinar los dientes del público menos avezado—, alcanza un ritmo endiablado que no entiende de tiempos muertos, y que convierte unos ajustadísimos 70 minutos en un auténtico suspiro.

He de reconocer que, en tiempos de producciones que se toman alcanzar la barrera de las dos horas más como un trámite que como una necesidad, encontrar duraciones como la de ‘Dos’ es algo que no podría agradecer más. No obstante, aunque esto permita disfrutar de una obra en la que no hay cabida para el término “aburrimiento” y lidiar con su naturaleza de cinta embotellada, impide cocinar con suficiente tiempo unos giros dramáticos que podrían antojarse algo súbitos, precipitados y parcos en explicaciones.

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Pero, por encima de cualquier otro elemento, y sin entender de metrajes o limitaciones logísticas —no olvidemos que se rodó recién concluido el confinamiento pandémico—, se elevan las fantásticas interpretaciones de Pablo Derqui y Marina Gatell. Es realmente sorprendente cómo el dúo de intérpretes parecen desprenderse de todas las implicaciones e incomodidades de sus roles —la desnudez, la cercanía, las limitaciones impuestas por los efectos prácticos— para ofrecer dos trabajos que trasladan con sinceridad la tensión, el desconcierto y la angustia de sus personajes.

No cabe duda de que ‘Dos’ es un título “de nicho” que funcionará mucho mejor a parroquianos habituales del cine de género que a neófitos despistados. Dicho esto, algo me dice que las características del producto lo convierten en uno de esos bombazos potenciales que pueden aparecer en los tops con lo más visto de Netflix —plataforma que tiene los derechos de exhibición internacional— gracias al fenómeno boca-oreja cuando llegue a su catálogo tras su paso por las salas de cine.