viernes, febrero 23, 2024
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El amor menos pensado

Past Lives, la ópera prima de la directora coreano-canadiense Celine Song, me hizo acordar a las primeras discusiones que generaron entre mis amigos y conocidos las apps de levante que hoy usan casi todos. La película trabaja mucho con la tecnología: los dos protagonistas, Nora y Hae Sung, se conocieron de chicos en Corea y vuelven a encontrarse gracias a Facebook doce años después de que ella emigrara a Canadá, igual que tanta otra gente. Durante un tiempo, mantienen una de esas relaciones que la gente tenía hace veinte años, cuando internet era para conectar con alguien que estaba del otro lado del planeta y no para ver si uno logra conectar con alguien que viva a veinte cuadras; dejan de hablar, luego, a pedido de Nora, que quiere habitar su presente y su territorio en lugar de seguir enganchada con una vida que no vive ni va a vivir, y unos doce años después se vuelven a encontrar, esta vez físicamente, porque Hae Sung va a visitarla a Nueva York. Pero no fue por eso de Facebook que pensé en las conversaciones de mis amigos sobre Tinder, sino por la premisa central de la película, la pregunta por lo romántico, por lo predestinado, por la manera romántica (la manera buena, la manera mágica) de conocerse y enamorarse. No estoy hablando de evidencia dura, pero la mayor resistencia a las apps de levante que recuerdo escuchar, y que todavía circula, no viene por el lado de que sean peligrosas o de que sea imposible encontrar a alguien que valga la pena: lo que a la gente le molesta, sobre todo, es que es poco romántico conocer a alguien teniendo la intención de conocer a alguien.

Hay algo que nos seduce de la sensación de encontrarnos con alguien sin buscarnos, cruzarse con alguien de casualidad, por una casualidad verdadera, con la sensación de que si las cosas hubieran sido apenas distintas (por un minuto, por un centímetro) no hubiera sucedido el encuentro. Las comedias románticas trabajan con esa fantasía constantemente: el héroe y la heroína se tropiezan en la calle y él la ayuda a levantar sus papeles, o él le choca el auto y mientras empiezan a insultarse aparece la magia. Incluso es común ese tropo, el del choque de personas o de autos, como para reforzar la literalidad del accidente. Past Lives toma algo de ese cliché, pero lo que hace es deconstruirlo explícitamente. En ese sentido, creo que mis escenas favoritas están muy cerca del principio, y mi personaje favorito también: hablo de la madre de Nora, artista y claramente algo bohemia y liberal, y que además parece ser la que decide que la familia va a abandonar Corea del Sur y mudarse a Canadá. 

En medio de los preparativos, la madre de Nora le pregunta a su hija de doce años quién le interesa últimamente en la escuela, para terminar organizándole una cita con el chico que le gusta. Días más tarde, en esa cita, la madre de Nora conversa con la de Hae Sung y le explica que están a punto de emigrar, y que se le ocurrió armar ese encuentro para que Nora haga buenos recuerdos antes de irse. Todo es hermoso de esa escena y de ese texto: es hermoso que la madre de Nora, en lugar de pensar solo en preparativos, piense también en las experiencias, en las cosas que no quiere que su hija se pierda. Parece algo pensado para el futuro, eso de tener recuerdos, pero tiene una idea de presente muy fuerte, en la que no importa que esa cita vaya a ser la primera y la última, solo importa que sea fantástica: no es de extrañar que el personaje de Nora sea después efectivamente mucho menos nostálgico que el de Hae Sung. La sensación es que su madre le enseñó algo sobre eso, que de hecho también se explicita en la conversación de esa escena. La madre de Hae Sung le pregunta por qué van a emigrar ella y su marido, él cineasta y ella artista, por qué habrían de abandonar eso, una buena vida: cuando uno abandona una cosa gana otra, le contesta la madre de Nora, con muchísima calma. Pero lo mejor de la escena, en retrospectiva, es que esa cita mágica es efectivamente puro cálculo: esos recuerdos preciosos que Nora tiene de Corea son una decisión deliberada de su madre, no resultado de la pura casualidad.

La película vuelve una y otra vez al concepto coreano de in-yun, que aparentemente significa “destino” pero sobre todo el destino de conectar con una persona, de cruzársela en mil vidas y estar cada vez un poco más cerca. Me llamó la atención porque el ídish tiene una palabra muy similar, bashert, que también significa literalmente “destino” y también se usa casi exclusivamente para hablar de encontrar a la persona con la que estamos destinados a terminar. Los detalles son distintos porque el judaísmo no cree en vidas pasadas, pero es notable la coincidencia: es notable que en dos culturas tan distintas esté presente esta idea de que hay algo deseable y romántico en que el amor esté escrito, en que nos preceda, en no elegirlo sino solamente ser intérprete o juguete. Es genial que el hecho de que algo nos preceda lo haga más valioso, como si los amores que elegimos fueran menos nobles o mágicos que los que alguien eligió para nosotros. Es lógico, pienso, que esa idea esté presente en culturas durante las que por años los matrimonios fueron arreglados por padres y comunidades antes que por los individuos protagonistas: es menos lógico, tal vez, y Past Lives es buena e inteligente porque tiene algo que decir sobre eso, que en el siglo XXI esa especie de desprecio del libre albedrío nos siga haciendo tanta ilusión. 

TT/DTC