martes, noviembre 30, 2021
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Guita en el bolsillo

“Que lo que se compra con tarjeta no se paga”. Éste es el título de una de las creencias de la infancia que se pone encima la humorista gráfica Maitena, subidas a su cuenta de Instagram. Allí en una viñeta aparece este diálogo punzante entre una hija que reclama “¿Y entonces si no tenés plata para que tenés una tarjeta?” y una madre que responde “es una muy buena pregunta” . La infancia es un tiempo de fascinación con el dinero, ese papel adulto, “sucio”, que se puede juntar en moneditas, el del vuelto de los primeros mandados, la curiosidad de qué se cambia cuando se cambia un billete. La infancia es ese mapa de cuánto pueden comprar tus padres o madres y cuánto los padres o madres de los demás. Cuando ese mapa está armado del todo quizá la infancia se termina. Pero antes es el desfasaje entre trabajo, dinero y capacidad de compra. Un negocio, un banco, un supermercado. Una línea de montaje entre valor de uso y valor de cambio. El 30 de septiembre se cumplió un año de la muerte de Quino. Quizá entre otras cosas Mafalda sea eso: la primera nena que hablaba de guita.

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La historia del billete argentino es la historia del Estado argentino: arranca con el PESO Moneda Nacional (desde 1881), el PESO Ley (desde 1970); el PESO Argentino (desde 1983); el AUSTRAL (desde 1985) y en 1992 la ley de convertibilidad (un peso un dólar). A través de Roberto Arlt, Ricardo Piglia decía “el dinero es ficción”. En sus palabras: “El dinero –podría decir Arlt– es el mejor novelista del mundo: legisla una economía de las pasiones y organiza –en el misterio de su origen– el interés de una historia donde la arbitrariedad de los canjes, las deudas, las transferencias es el único enigma a descifrar. En este sentido para Arlt es el dinero es una máquina de producir ficciones, o mejor, es la ficción misma porque siempre desrealiza el mundo: primero porque para poder tenerlo hay que inventar, falsificar, estafar, “hacer ficción” y a la vez porque enriquecerse es siempre la ilusión (basta pensar en los sueños de Erdosain, en las búsquedas de Astier) que se construye a partir de todo lo que se podrá tener en el dinero”. Falsificaciones, estafas, dar el batacazo, esos modos de hacer –y de leer– que después Alejandra Laera pondrá en otras series en su extraordinario libro Ficciones del dinero 1890-2001. Pero volvamos: Ricardo Piglia publicó este artículo en 1974, en 1975 viene el Rodrigazo, esos años del empaste que le siguen la inflación se acelera. 1983, la democracia, ese número de números está tan cargado que del 76-82 se dice poco que también fueron años de gobierno. Los otros años setenta de la gente común. Un ministro de economía al que putear. Eso es la economía también: el permitido. Ese aprendizaje de mesa “no hablar de política ni de religión” tiene su afloje con esas máximas tiradas al aire porque ¿quién puede cuestionar al que dice “qué difícil está todo” o “no alcanza” o “lo pago el mes que viene”? Todos somos ministros de economía de nuestra billetera personal. El permitido en el taxi, en el ascensor, en la fila; un “qué quilombo”: la guita en la boca de todos. Las penas en los bolsillos son de nosotros. No por igual, pero la gran mayoría no la tiene regalada. En esos cuidados máximos –de qué hablar, con quién– el comentario económico estaba permitido. Es más: la dictadura –que también tuvo su destape, su veta cabaretera– abrió esa caja de pandora: no poder parar de hablar de guita. 

Los resultados de las PASO volvieron sobre la plata. Faltó “dinero en los bolsillos” por momentos parece que alguien guarda y no comparte cuando el mandato desde Alfonsín es que el otro desorden de la casa pueda ser la impresora.

Los resultados de las PASO volvieron sobre la plata. Faltó “dinero en los bolsillos” por momentos parece que alguien guarda y no comparte cuando el mandato desde Alfonsín es que el otro desorden de la casa pueda ser la impresora. En 1983, Álvaro Alsogaray decía: “¿Para qué rompernos la cabeza con estudiar economía? Pongamos una buena maquinita de fabricar billetes en el Banco Central y hagámosla trabajar horas extras. Una máquina fabricando billetes y entregándolos a la tesorería para que haga casas y aumente los salarios, ¿que problema económico habría en el mundo?”. Después vino Menem, la Alianza –que hizo de la división entre economía y política su escuela: se podía combatir la corrupción, pero no la convertibilidad–. La convertibilidad duró 11 años: desde 1991 hasta 2002 cuando fue derogada por el ex presidente Eduardo Duhalde. 2001 fue el fin de la gran ficción argentina: el inconsciente de la clase media estructurado en dólares. 

El respaldo de los billetes. Desde 1973 la crisis del petróleo es una crisis financiera que rompe los proyectos de integración a través del trabajo. Los billetes empiezan a ser un negocio en sí mismos y aquella modalidad periférica de la económica –crediticia, financiera–empieza a ser central. La maquina de vapor se pone tecnológica. 

La crisis causó una nueva bancarización

En Argentina en 1986 la publicidad Carta Franca ponía en cada vez más manos ese mantra del plástico que “regala flores, concreta un viaje, carga nafta para el coche y cuando termina el día compra un libro para la noche”. Comprar ahora, pagar después. Usar como una suerte de crédito excepcional es diferente del canal de endeudamiento para sustentar el household. “Tarjetear” como forma de vida. Cada crisis deja una transformación bancaria: la masividad de la tarjeta de débito es hija del corralito. La pandemia deja el boom del mercado pago y la mayor financiarización. El trabajo se desmaterializa, los billetes (ahora con animales encima) se desmaterializan. Todos los billetes se desvanecen en el aire. Inflación se queda corta: es la relación entre precios y salarios y es la pandemia con todas las dificultades para poner esa fuerza a ganar plata. Por momentos, parece que todo es deuda o que todo se parece a trabajar. El dinero en los bolsillos –de cuando se compraban casas y se jugaba a la quiniela a que se pueda colgar un título de posgrado en un departamento alquilado y probar suerte con las criptomonedas), el dinero del Estado (peso, ticket canasta, patacones, billetes de mil pesos que ya no se sabe qué capacidad de compra tienen). La pregunta que no nos podemos sacar de encima: el “con qué se hace” de una macro economía con Estado presente.

FA/SH