Son legión. Mochilas rojas, amarillas, verdes. Surcan la ciudad adosadas a trabajadores que pedalean o aceleran entre el tránsito. Vinieron a sumarse a los mensajeros en moto tradicionales que hacen trámites y llevan paquetes y correspondencia en horario de oficina, y a los chicos del delivery a contramano con sus cajas blancas atadas al mínimo portaequipaje.

Nunca, como ahora, se hizo tan evidente y palpable (acaso por los colores chillones elegidos por las empresas para disfrazar el yugo con tecnología y modernidad) que la sociedad está dividida entre mandaderos y mandantes. Che pibes de aplicación por un lado y gente que puede pagar una necesidad, una urgencia o un capricho del otro, aunque no necesariamente exista un abismo entre ambos bandos. “Somos esclavos de día, pero señores feudales de noche”, dice el protagonista de “¡Hola, buenas noches!”, interesante cortometraje español sobre los nuevos mochileros a sueldo.

En mi caso, elegí hablar de esta realidad a través de Motoquero, saga juvenil que arranca con dos novelas, subtituladas Donde todo comienza y ¿Cómo salimos de esto?.

Uno de los temas subyacentes en la historia es el abandono, situación que presenta infinidad de variantes y que conoce, de una u otra forma, una inmensa mayoría de las generaciones jóvenes, ésas que salen a ganarse el mango sobre dos ruedas.

Tomás, alias Toto, es un chico con una madre ausente que, por esas carambolas de la vida y de la economía argentina, pasa de Parque Patricios a Recoleta, aunque resiente la sospechosa bonanza de su padre y elige hacer su camino como empleado de delivery, primero en bicicleta y después en moto.

Una noche, Toto intenta frenar el ataque de un motochorro. No lo consigue, pero entabla relación con Lula, la víctima, y la ayuda a recuperar su celular.

La primera parte de Motoquero es un relato no lineal que va y viene del pasado al presente y viceversa, hasta que caen las máscaras y los personajes quedan desnudos. No por nada, Lula, criada en la burbuja del country y desconocedora de la ciudad, se hace famosa como la enigmática “chica del antifaz” que canta covers en las redes sociales con el rostro cubierto.

Instalada como influencer, Lula trasciende como voz cantante de una banda que va del boliche a la bailanta, de la fiesta de 15 a la “presencia” en eventos. Para cumplir con la sobrecargada agenda, contrata a Toto, quien así sale del universo de las mensajerías para transformarse en remisero en moto, la forma más rápida de que una estrella de la era digital pueda multiplicarse.

Claro que, en su background, Tomás tiene un compañero que quiso involucrarlo en el asalto a una financiera, un procedimiento fraguado por policías corruptos para armarle una causa por drogas y la participación en carreras clandestinas de motos. Y ese pasado volverá, obvio, para complicarlo todo.

Las cosas siempre se complican cuando los mandaderos quieren convertirse en mandantes.

Infobae