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La víbora lista a picar

Es ya un lugar común notar que, como sociedad, hemos perdido la capacidad de imaginar un porvenir luminoso. El futuro se nos aparece como algo temible, catastrófico, apocalíptico. Lo que no es síntoma de que, en algún lugar de nuestra mente, sabemos que hay algo que está muy mal en nuestro presente, que hay algo en la manera en que vivimos que nos conduce allí irremediablemente.

Un mínimo recorrido por la cultura de masas es buen índice de esa angustia y de su avance. El cine nos provee desde hace décadas de argumentos en los que alguna persona o pequeño grupo pone en riesgo a los demás o al mundo. Los doctores maléficos de la saga James Bond, una banda ecologista en Doce Monos y terroristas de toda calaña, desde el solitario y sin causa aparente en Batman, The Dark Knight, hasta los que siguen alguna bandera política o religiosa en incontables películas. Habitualmente, el cine nos da un alivio frente a esas angustias por vía de la intervención de alguna figura de autoridad que restaura el orden amenazado: un superhéroe, un soldado patriota, un policía dispuesto a romper las reglas, un padre que dice basta. El héroe y la figura maléfica son personajes opuestos, pero gemelos: se trata en ambos casos de individuos que buscan afirmar su ley sin rendir cuentas a nadie. La comunidad, si es que aparece, aparece desdibujada. Da más o menos igual qué cosa sea lo que amenaza la continuidad del orden: activista, delincuente, loco, terrorista, las acciones de cualquiera podrían ponerlo en riesgo. Ante esa amenaza imaginaria, no nos salvamos colectivamente mediante la acción política. La angustia por el orden social convoca a la fantasía de que algún individuo poderoso venga a poner las cosas en su lugar.

La pendiente implosiva que viene siguiendo el capitalismo actual no hace sino exacerbar esas angustias y esas fantasías. Que por otra parte tienen ya sus correlatos políticos. El orden se percibe como frágil. Pero, más importante, el espacio personal se comprime. Los recursos se acaban, la explotación se intensifica. Ya no hay posibilidad de que cada uno desarrolle su proyecto de vida en su espacio personal sin ser “invadido” por las necesidades y requerimientos de los demás. El individuo que se creía autónomo se siente amenazado por la sociedad y enarbola su derecho a defender el ilusorio espacio vital que le habían prometido. Violentamente, si hace falta. La tolerancia frente a las decisiones y acciones de los demás se acaba. Es la hora del individuo con su rifle y del sheriff que pongan orden en el desorden que habilita la política. En estos días hemos visto, de hecho, postulantes a sheriff que nos invitan a armarnos y a votarlos. Que cada cual vuelva a su círculo personal sin molestar a los demás, por las buenas o por las malas. “No me pises”: uno supondría que la frase de la bandera de Gadsen que gustan de utilizar los libertarios lleva implícita la promesa “yo tampoco te pisaré”. Pero lo que uno ve es solo la víbora lista a picar en defensa de su espacio. Propiedad y seguridad: los demás derechos no importan. ¿Ya no hay espacio para todas las víboras? Mala suerte. Predominará la que pique más fuerte.

EA