martes, noviembre 30, 2021
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¿Querer es poder? El dilema del beneficio futuro versus los costos presentes

El cambio climático es para la gran mayoría el máximo desafío para la supervivencia del planeta. La ciencia ha demostrado que se trata de una preocupación real, y la reacción de la humanidad ha sido contundente… multiplicar las frases de alarma y las sobreactuaciones, haciendo en la práctica muy poco para mitigar la amenaza. Todo indica que, a la hora de comparar el presente con el futuro, nuestras intenciones suelen ser bastante más enérgicas que las acciones concretas.

Pero por más que lo parezca, no todo es hipocresía pura y dura. Existe una actitud muy humana que tiende a sobreponderar la percepción de que “querer es poder”. Para entender los fundamentos de este fallo cognitivo, consideremos los planes típicos que aparecen en nuestra mente cada fin de año. El año que comienza, nos convencemos, nos verá bajar de peso, hacer más ejercicio, mejorar el nivel de inglés y completar aquel curso de capacitación tan importante para nuestra profesión. Después el año se ocupa, mes a mes, de boicotear estos fantásticos proyectos que empiezan a retrasarse, olvidarse o ignorarse.

Es importante notar el aspecto común entre estas metas personales incumplidas y las políticas contra el cambio climático que se postergan o se omiten: en ambos casos no hay intención de aparentar o de actuar hipócritamente. Más bien, estos ejemplos sugieren que nos engañamos a nosotros mismos. Dicho lo cual, es necesario reconocer que la mayor responsabilidad le cabe sin duda a los gobiernos, quienes deberían estar al tanto de este tipo de sesgos y corregirlos mediante compromisos cumplibles.

Pero además de los planes exagerados, la política debe lidiar con una dificultad más aguda. En la práctica, la elección entre el presente y el futuro suele presentarse bajo la forma de alternativas de hierro. Pese a que la angustia por el fin de la humanidad es compartida por la mayoría, pocos ponen el foco en la comparación explícita, la pregunta concreta acerca de cuánto debemos sacrificar del bienestar presente por una vida mejor para nuestros tataranietos.

La respuesta es fácil para los países desarrollados, que podrían prescindir de algunas pocas excentricidades y colaborar, incluso con cierto reconocimiento social, de pequeños esfuerzos favorecedores del medio ambiente, como el consumo de bienes reciclables. Pero en los países con severas vulnerabilidades sociales el dilema es más drástico: en el extremo, se trata de sacrificar las oportunidades de quienes no tienen nada en el presente por un futuro mejor.

Para tomar una decisión más racional sobre este problema la economía propone estimar la Tasa de Preferencia Temporal Social (TPTS), que mide la percepción subjetiva promedio de la población del valor del presente versus el futuro. Cuanto más baja la tasa, más ponderamos el mañana en relación al hoy. En general los intentos de calcular la TPTS no han sido demasiado exitosos. Su valor es muy diferente según la persona (y el país), según qué cosa esté en juego en la decisión, y según los períodos de tiempo considerados. Para dar una idea de lo raro de los resultados, las investigaciones señalan tasas medias superiores al 20% anual (con estabilidad de precios). Dado que la tasa de interés de mercado es apenas el 3%, como mucho, si estas estimaciones fueran correctas deberíamos observar una oleada de solicitudes de préstamo para consumir, con su consecuente efecto alcista sobre el interés de mercado. Nada de esto ocurre en la práctica.

Debido a estas dificultades, un grupo de investigadores decidió preguntar en 2015 cuál debería ser la TPTS de largo plazo directamente a 200 expertos, algunos de los cuales participan del debate sobre el cambio climático. El valor “recomendado” por los expertos fue en promedio 2,27% anual, y aunque los rangos van del 0% al 10%, más del 90% considera adecuado una tasa entre 1% y 3%. Estos resultados son bastante menores a los de una encuesta previa de 2001, que ubicaba la TPTS cerca del 4%.

Algunos especialistas son más estrictos y consideran tasas aún más bajas, incluso cero. Es el caso de Tyler Cowen, quien se pregunta si el descuento temporal no es en realidad una ilusión, pues cuando llegue el momento ese futuro será tan real como nuestro presente actual. La conclusiones de Cowen coinciden con las de Derek Parfit, un filósofo que sostiene que no podemos compararnos con nosotros mismos en el futuro, porque seremos personas diferentes. Así, elegir el presente sobre el futuro es un autoengaño cognitivo, no mucho más que otro aspecto del sesgo presente que caracteriza a nuestra especie.

Lo cierto es que no es fácil escapar a estos dilemas. Por más que jóvenes bienintencionados se enojen con las insuficientes reacciones de la política ante el deterioro ambiental, no siempre queda explícito en sus diatribas que un futuro mejor implica un costo presente en términos de asignación de recursos. Aún así, este conjunto de reflexiones sí dejan en claro que estos costos deben ser afrontados por las economías más desarrolladas, que en su camino para convertirse en ricos seguramente acumularon la mayor parte del daño ambiental que hoy sufre el planeta.

PM