lunes, junio 27, 2022
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Todas las fotos

Por un azar de la vida al que supongo no le queda mucho, pertenezco a un pequeño sector de la humanidad que posa relativamente seguido para fotógrafos profesionales. Más aún: pertenezco a un subconjunto de ese sector, el de las que no sabemos posar profesionalmente, las que no somos ni modelos ni actrices. A veces, cuando me toca dejarme fotografiar por el fotógrafo de una revista o un diario, mi sensación es que yo no sé qué tengo que hacer y ellos no están demasiado seguros de qué tienen que obtener. Otras veces siento que nuestros objetivos son contrapuestos: ellos quieren sacar una foto de escritor, una foto interesante, donde se me vea real, potente, inteligente, una foto de la que se pueda intuir que tengo cosas para decir, en la que me salga la mirada rara, la boca que se me tuerce un poco para un costado si no estoy pensando en que no se tuerza, la mandíbula bien cuadrada que para los fotógrafos da fuerza e interés y que para mí parece de varón. Yo solo quiero salir linda. 

Una sola vez posé para una revista de moda, con una amiga, para una nota sobre pares de amigas artistas. Nos vistieron con varios cambios de una ropa carísima a la que había que esconderle las etiquetas; a mí me gustan mucho las telas y todavía recuerdo lo que se sentía ponerse el pantalón de cuero más auténtico que jamás me he probado en la vida con el forro de la seda más auténtica que jamás me he probado en la vida deslizándose sobre mis caderas como una caricia ultrasónica, como pasa el whisky por la garganta esos días que pasa como agua. Ese día pensé en las veces en que por trabajo estuve en algún evento o en algún desfile, o en la sesión de fotos de una modelo. Nos trataron muy bien, pero un poco también como se trata a las modelos, como si fueran un poco invisibles; te cambiaban un look porque no te quedaba bien y te lo decían, eso no queda bien, sacátelo, y yo lo agradecí, pero me divertía un poco que nadie me lo ablandara, que nadie me dijera “igual a vos todo te queda bien”; las modelos están acostumbradas a no tomarse personal que algo no te quede bien, y yo no me lo tomé personal, solo disfruté de que por una vez me trataran como a una modelo y pensé que tratarte como a una modelo no significa necesariamente tratarte mejor. Recordé, también, una parte de un texto de Foster Wallace sobre la televisión: lo genial de los actores de televisión es la capacidad que tienen de saberse mirados por millones de personas sin que parezca que se saben mirados por millones de personas. Me gusta más esa definición de actuar bien que cualquiera que hable de la imitación o la naturalidad. No se trata de que no parezca que actuás: se trata de que no parezca que te afecta la mirada de los otros.  

Otras veces poso para fotógrafos que no trabajan para una revista u otra sino que quieren sacarme fotos por alguna razón; para sus redes sociales, para sus libros, porque les gusta lo que escribo o porque quieren conocerme. Si alguien me pregunta por qué lo acepto, por qué cada tres o cuatro meses gasto tres o cuatro horas que podría (debería) usar en escribir o leer o informarme sobre la invasión en Ucrania en sacarme fotos, contesto que me sirven. Es cierto que me sirven: cada vez menos medios pagan fotógrafos, y me suelen andar pidiendo cuando me hacen notas. Es cierto que me sirven, pero no es por eso que lo acepto; tampoco diría que lo disfruto, porque una vez que estoy ahí, como en efecto no soy actriz y no tengo esa capacidad de gozar cuando me miran, no la paso bien. Es algo de la vanidad, es algo de la autoestima, pero no estoy segura de poder describirlo bien: pienso, por un lado, que las chicas que escribimos florecemos de grandes, no estamos acostumbradas a interesarle mucho a nadie y no podemos evitar recibir ese interés con la ansiedad de lo que escasea. Pienso, también, que acepto esas fotos porque tengo la esperanza de que alguien vea en mí algo que yo no vi todavía.

Esta semana, además de posar para un fotógrafo que quería fotografiarme porque una ex novia le regaló un libro mío cuando se separaron, leí Segunda casa de Rachel Cusk. Venía de leer su trilogía, la que empieza con el libro A contraluz, que se apoya en un procedimiento consistente en una narradora que prácticamente no opina, no cuenta lo que dice y casi ni siquiera lo que hace: cuenta lo que ve y lo que escucha, lo que hacen los demás y lo que dicen los demás, y es a través de ese fluir de su conciencia (en el que lógicamente, ella no se cuenta a sí misma lo que ella dijo) que tenemos que adivinar lo que a ella le pasa. No soy tonta y en general no confundo los procedimientos con los personajes y mucho menos con las personalidades de los autores, pero después de leer tres libros escritos así era inevitable imaginar que su especialidad tenían que ser esas voces desprendidas, esa escritura del desapego. La protagonista y narradora de Segunda casa, en cambio, es todo lo contrario. Es una escritora, como la de la trilogía, pero una que casi nunca habla de su trabajo y en cambio se desvive en la obsesión por un pintor cuya obra la movilizó una vez. Le escribe al pintor que quiere invitarlo a pasar un tiempo en su segunda casa, la que construyó al lado de su propia vivienda en una playa retirada, para que la use como residencia de artista y para que pinte el paisaje peculiar en el que las dos casas están emplazadas, un paisaje cuya esencia —dice ella— casi nadie ha podido captar. Los que creen que lo pintan, dice, solo se pintan a sí mismos: pero seguramente usted sí lo logre.

El libro no describe exactamente una relación romántica: es evidente que ella no quiere que el tipo venga a pintar un paisaje, pero tampoco parece clarísimo que quiera traerlo a la casa para conversar con él o ni siquiera para acostarse con él. Cuando el pintor llega, finalmente, le dice que está experimentando con retratos y que le va a pedir al marido de ella que pose para él, y probablemente también a la hija de ella. La narradora no disimula su indignación: si va a pintar a alguien, le dice, va a tener que ser a ella. Él le dice que no puede, que a ella no la ve; y ahí se entiende un poco más el objetivo que ella misma parecía desconocer. Ella lo invitó para que él la vea, para que él la pinte: no para ver el paisaje a través de sus ojos sino para verse a sí misma a través de sus ojos, esperando ver una versión idealizada, preciosa y preciada. No queda claro que ella quiera enamorarse de él, pero evidentemente sí quiere que él se enamore de ella. Y no con amor: con algo de los ojos, algo que la haga ver bellísima, que la haga sentirse bellísima. No es una relación romántica, lo que Cusk describe, pero sí se parece demasiado a muchos de los enamoramientos más intensos que he tenido, en los que el deseo por el otro se confunde demasiado con el deseo de ser deseada, y no solo eso, de ver al otro deseando. 

Pienso que por algo que no se reduce a esto pero incluye a todo esto tantas mujeres disfrutamos más de mandar fotos eróticas nuestras que de recibir fotos ajenas, más de ser miradas que de mirar. Y pienso también en una frase que una vez me dijo la teórica Lauren Berlant en una entrevista, una frase que creo que escribió en algún texto pero yo la recuerdo de su boca: “es un poco como el modelo de la selfie: las personas quieren verse a sí mismas en una forma que puedan idealizar. Puede que estén idealizando el ambiente en el que se encuentran, quizás se ven bien, quizás no, pero la idea de la selfie es esta idealización, esta sensación de que nadie puede sacarte una foto tan buena como la que vos podés sacarte a vos misma”. En teoría una foto profesional debería verse mejor que una selfie; yo, que me he sacado muchas de ambas, puedo decir que Berlant tiene razón. Exponerse a los ojos de otra persona es siempre una forma de descontrol; la selfie está muerta, se ve siempre un poco muerta, porque no tiene esos errores, porque está enteramente protegida de la propia neurosis. La foto que te saca otra persona, en cambio, siempre está viva, y en ella siempre salís un poco fea.

La mejor foto que yo me saqué a mí misma, sin embargo, no es una selfie; es una foto de espaldas. No es una foto hot, yo no mando fotos hot, pero es lo más cercano que tengo a una: es una foto que me saqué un fin de semana que me caí por las escaleras y me hice un moretón a lo largo de la cola, el moretón más negro que jamás tuve. No me la saqué para nadie: me la saqué para verlo, para saber cuánto me había lastimado, y se la terminé mandando a mis mejores amigas para que vieran lo mal que había quedado. Todas la piropearon. Desde ese día trato de repetir esa foto, sin el moretón, más o menos una vez por semana: jamás volví a sacar una así de buena. Hay algo de la intención que me la arruina; es como si la perfección de la otra se derivara justamente de su condena a la imperfección, de esa raya negra que la hace de movida inmirable, ofensiva e irrepetible. 

TT